domingo, 1 de marzo de 2009

UN APLAUSO

Un aplauso. Está muy bien que por fin los más altos representantes del Estado empiecen a reconocer lo que desde hace decenios un general tras otro, un ministro de Defensa tras otro, un presidente tras otro, han negado en redondo: que las Fuerzas Armadas cometen excesos. Torturas. Detenciones que terminan en la desaparición de los detenidos. Ejecuciones extrajudiciales. Crímenes de guerra. Hay que felicitar al presidente Uribe, al ministro Santos, al general Padilla, por su decisión de pasar a retiro a tres generales y siete coroneles (y otros tres más hace ocho días), más una docena de oficiales y suboficiales de menor rango, por los infames "falsos positivos" con decenas de muertos denunciados en las últimas semanas.

Está muy bien que se empiece a limpiar el Ejército (y la Policía, y el DAS), y ya iba siendo hora: sólo falta un año para que venza la reserva de siete que establecieron al alimón el presidente saliente Andrés Pastrana y el entrante Álvaro Uribe ante la Corte Penal Internacional, blindando al Estado colombiano frente a las responsabilidades por crímenes de guerra durante el tiempo que según su cálculo optimista tomaría derrotar a la subversión en Colombia.

Está muy bien que los crímenes se reconozcan. Y que se acepte por primera vez que no se trata de actos aislados de "elementos descorregidos", de "manzanas podridas", de "ovejas negras" que no entrañan responsabilidad institucional ni política de sus superiores, sino que, por el contrario, la comprometen tanto por omisión como por acción. Pero la necesaria limpieza del Ejército, de la Armada, de la Fuerza Aérea, de la Policía, del DAS, de todos los organismos secretos del Estado, habrá que repetirla una y otra vez, indefinidamente, mientras no cambien de verdad las convicciones profundas de los militares que hacen la guerra y de los civiles que la ordenan desde el poder político. La convicción profunda, reforzada además por el adiestramiento y el ejemplo recibidos de los Estados Unidos, de que todo vale en la guerra contra la subversión, hoy llamada narcoterrorista; ayer, comunista; antier, bandolera. De que valen el asesinato y la tortura, la desaparición forzada, la expulsión, porque el enemigo no merece respeto.

Todo vale porque la vida no vale nada. La de los demás: esos, literalmente, desechables que constituyen el grueso del pueblo colombiano (y que hay que distinguir, claro, de los llamados "colombianos de bien"). Los desechables se pueden desechar. Usar y tirar. Eliminar cuando ya no sirven. Intercambiar. Pueden ser usados indiferentemente como guerrilleros o como paramilitares, como sicarios de la mafia o como mensajeros de moto o como desempleados o como subempleados o como reinsertados o como votantes cautivos o como víctimas de los "falsos positivos militares". Su vida real no importa, salvo desde el ángulo de la estadística. Por eso puede el coronel Plazas Vega, aquel que "defendía la democracia, maestro", decir que los cadáveres de los desaparecidos de la cafetería del Palacio de Justicia están donde no están, y tiene que salir Medicina Legal a desmentirlo. Ah, ¿eran otros muertos? Da lo mismo.

Para saber si los pases a retiro de unos cuantos oficiales significan que de verdad está cambiando esa convicción profunda de que hablo hay que ver si son seguidos de algo más: de juicios, de condenas. Pues la desaparición forzada, que trabajosamente fue por fin tipificada como delito en el año 2000, no ha tenido en los siete años transcurridos desde entonces ningún acusado, ningún procesado, ningún condenado, pese a que sigue afectando a unas quinientas personas cada año. Y la Convención Interamericana sobre Desaparición Forzada, firmada por el gobierno de Colombia en septiembre de 2007, no ha sido ratificada todavía. Y en la discusión que se adelanta en el Congreso sobre la Ley de Víctimas, el gobierno y sus parlamentarios leales se rehúsan obstinadamente a reconocer como víctimas del conflicto (y a reconocer que hay conflicto) a las que lo hayan sido de los agentes del Estado: soldados, policías, detectives del DAS. Como si no existieran.

Todavía falta, pues. Y no sólo porque la lucha por la verdad y la justicia sea una lucha interminable que nunca se puede dar por ganada del todo, sino porque el reconocimiento hecho esta semana por los más altos representantes del Estado sobre sus culpas parece insuficiente todavía, apenas de labios para afuera. Así, al presidente Álvaro Uribe se le escaparon dos expresiones reveladoras al hacerlo. Una fue la de que los desaparecidos habían sido "ajusticiados" por el Ejército. La otra, la de que con sus masacres, de Guaitarilla a Soacha, los militares "nos hacen quedar mal". "¿''Ajusticiados" los asesinados? ¿Y simplemente "queda mal" quien secuestra a alguien para matarlo y presentar su cadáver como un "positivo"? En los dos casos, las palabras del Presidente se quedaron algo cortas.

Pero bueno: es un comienzo. Que sigan por ahí. Y, de nuevo, un aplauso.

martes, 17 de febrero de 2009

consumismo social

este vídeo habla de la realidad del consumo esta super bueno espero que les guste gracias.

la historia de las cosas


la historia de la cosas habla básicamente del consumismo, de lo esclavos en que nos hemos comvertido . estamos presionados todo el tiempo a comprar y no somos consientes de que antes de que nosotros tengamos el producto que adquirimos en nuestras manos ha pasado por muchas transformaciones las cuales afectan nuestro planeta como la tala de arboles, la extracción del petróleo, el daño de los ríos etc. y todo esto conlleva a una contaminacion enorme en el proceso de convertir nuestros recursos naturales creando así productos que también gastan demasiada energía lo cual hace que esta se disminuya cada día mas, productos que conceguimos fàcilmente y a un costo que realmente es absurdo en los centros comerciales.
después de todo esto nosotros somos los consumidores tontos que todo lo que nos muestra la publicidad y los medios de comunicaciòn nos atrae y queremos obtenerlo cada vez con una mayor frecuencia, lo peor de todo es que entre mas cosas compramos mas salen nuevos productos al mercado y obvio como siempre tenemos que comprarlo ya que nosotros estamos acostumbrados a dejarnos llevar por todas las promociones y difamaciones que le hacen a estos productos, por ejemplo algunas mujeres tenemos el pensamiento absurdo de la moda, que si no la seguimos no somos nada nos sentimos inferiores si no tenemos lo ultimo, lo que tiene mi vecina o mi amiga. al final de todo esto como vamos comprando cosas nuevas igual vamos desechando las viejas y esto hace un montón de basura que afecta nuestro planeta a nosotros mismos y la tierra o el aire en alguna forma.


miércoles, 11 de febrero de 2009

http://video.google.com/videoplay?docid=-5645724531418649230

lunes, 24 de noviembre de 2008

la politica entre la guerra y la paz

CONCEPTO A TRAVEZ DE LA HISTORIA DE LA POLITICA ENTRE LA GUERRA Y LA PAZ
LA GUERRA ES LA POLITICA POR OTROS MEDIOS:
La destitución de cuatro generales por parte del presidente de la república en los últimos días es una prueba de ser la guerra la política por ese medio. En efecto los militares nunca ganan las guerras; las guerras son ganadas o perdidas por los civiles que se encuentran en posesión de las estructuras económicas y sociales por lo tanto políticas, de la comunidad o pueblo respectivo. Un ejemplo de ellos es el de la segunda guerra mundial en la cual fueron políticos como churchil, stalir, einsenhower quienes asumen el poder politico una voz ganada la guerra a alemania nazi ;el general de gaulle asume el poder en francia como jefe politico no familiar.
LA PAZ ES UNA POLITICA DE ESTADO:
Las fuerzas políticas reiteraron la necesidad de que la paz sea una política de Estado, que permita la reconciliación de los colombianos y la solución del conflicto. Este es un proceso de construcción conjunta que implica la búsqueda de acuerdos entre las partes.
Así lo afirmaron los representantes de los partidos políticos en un comunicado expedido al término de una reunión con el Alto Comisionado para la Paz Camilo Gómez y los negociadores del Gobierno y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), la mayor guerrilla en el país.

-Todos los representantes participantes en el encuentro coincidieron en señalar que "es importante en desarrollo del Acuerdo de Los Pozos avanzar en los temas que conduzcan a la disminución del conflicto, traducido en hechos concretos de paz".
Asimismo, indicael documento, "los participantes coincidimos en que la lucha del estado contra el paramilitarismo debe ser frontal y decidida en todos los campos, para lo cual las fuerzas politicas se comprometen a apoyar activamente alestado en este lucha".
Los participantes en la reunión destacaron que "los temas sustantivos de la agenda por el cambio para una nueva Colombia deben estar en el centro del debate político nacional en la búsqueda de soluciones a la desocupación y pobreza en que se encuentra el país.
Se realizó el mismo día en Los Pozos, en San Vicente del Caguan, la reunión de la Mesa Nacional de Diálogos y Negociaciones con las fuerzas políticas del país, en cumplimiento del Acuerdo de Los Pozos, firmado entre el Presidente Andrés Pastrana y el jefe máximo de las FARC Manuel Marulanda el pasado 9 de febrero.
GUERRA, POLÍTICA Y GENERO UNA MIRADA DESDE LA TEORÍA AL CASO COLOMBIANO:
La política de paz del actual gobierno como la de los gobiernos anteriores, está concebida sobre premisas equívocas y confusas. La opinión pública, y sectores de la llamada sociedad civil, también se refieren constantemente a la paz en un lenguaje lleno de confusiones.
¿De qué guerra se habla cuando buscamos la paz? ¿Estamos sufriendo una “guerra civil”, como lo repite casi a diario la prensa internacional? ¿Cuál es, en fin, la naturaleza del conflicto colombiano? ¿Y por qué importa tener una definición precisa sobre el problema? Podríamos comenzar por definir lo que no es el conflicto colombiano.
Aquí no estamos enfrentando una guerra de liberación nacional, como las que tuvieron lugar en el seno de los antiguos imperios de la Gran Bretaña, Francia o Portugal, esas luchas anticoloniales que explotaron en África y en Asia desde mediados del siglo veinte. Tampoco estamos enfrentando una guerra de secesión motivada en razones nacionalistas como la desatada por la ETA contra el Estado y la sociedad española, o inspirada así mismo en legendarios conflictos de origen religioso como en Irlanda del Norte.
Ni enfrentamos aquí una guerra étnica, entre comunidades divididas por su composición racial, como sería el caso de tantos conflictos del orden post-colonial africano, donde las fronteras de los nuevos estados no tuvieron en cuenta la diversa composición etnográfica de sus poblaciones. En un trabajo reciente, Charles King aborda el estudio de cómo terminar las “guerras civiles” (Ending Civil Wars, Adelphi Papers, 308, 1997). Bajo esta categoría, King engloba unos 43 conflictos del mundo contemporáneo que quizá no tengan mucho en común.
Todo parece caber dentro del concepto “guerra 1 civil”. Este concepto sugiere ciertamente un conflicto doméstico, en contraposición a una guerra entre Estados. Pero evoca también la movilización generalizada de poblaciones polarizadas. Tal la imagen de la guerra civil de los Estados Unidos en el siglo diecinueve, o la imagen de la guerra civil española durante el siglo veinte, otra “guerra civil” clásica. Estos elementos de movilización generalizada, o de polarización interna entre dos comunidades, están visiblemente ausentes de la experiencia colombiana.
Así lo advirtió hace algunos días el sociólogo Fernando Uricochea, al rechazar con razón el calificativo de “guerra civil” para el conflicto armado colombiano (“Cuál guerra civil?”, El Tiempo, Octubre de 2000). King, sin embargo, es uno de los tantos analistas internacionales que la clasifica como tal. Otros han ido más allá: en los casos extremos se describe nuestro conflicto como una guerra civil ininterrumpida desde la independencia.
Como concluye Uricochea, calificar el conflicto colombiano como una “guerra civil” es “objetivamente incorrecto” y “aún peor, políticamente perverso”, pues se le estaría concediendo a la violencia guerrillera una legitimidad que no tiene. En Colombia no hay “una guerra civil sino una guerra contra los civiles” ha querido precisar Hernando Gómez Buendía.
También ha tenido eco en círculos nacionales, incluso en el gobierno. Pero tal descripción es incompleta, y puede confundir aún más el entendimiento de la naturaleza del conflicto. La guerra es también contra los agentes del Estado, defensores y representantes del orden constitucional. En el caso colombiano, la llamada sociedad civil no puede definirse en contraposición absoluta al Estado, como si aquella estuviese desprovista de representación alguna en las instituciones estatales, o como si la suerte del Estado estuviese desvinculada de la suerte de la sociedad civil.